-¡Parad! –exclamó Wölftar, al ver a aquellos hombres de negro.
Los hombres de negro se giraron. Su rostro era horrendo. Una piel gris ceniza, unos ojos redondos, parecidos a los de los insectos, negros como el carbón y una boca grande con cientos de pequeños dientes afilados. Eran la aberración más horrible jamás creada. Wölftar no pudo aguantarles la mirada.
Sacó su cuchillo y se abalanzó contra el primero de esos bichos. Él lo bloqueó sin problemas con su espada y tiró a Wölftar al suelo. Ya estaba. Había firmado su sentencia.
Entonces, el lobo se abalanzó sobre la abominación y le arrancó el cuello. Después, saltó sobre la otra y la despellejó.
Mientras esos bichos agonizaban, el lobo se acercó a Wölftar.
Duerme –le dijo mentalmente-. Deja que yo te guíe.
Wölftar empezó a dormirse... a sumirse en un sueño que, al menos para él, parecía no tener fin...
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